El esplendor del romántico
por: TIRESIAS
Las carreteas de Isabela van pa lejos. Son como lianas torcidas que se pierden en el verdor caribeño. Sin embargo, todas acaban en Güajataca. Siempre encuentro el lago pero nunca aquella casa que busco. La tengo pintada en mi frente pero nunca logro dar con ella. Me zumbé cuesta abajo y trepé monte, pero siempre volvía a las orillas. Hoy, de casualidad, me cruzo con ella. Es esa pero no es: sus colores no están tan vivos. No tiene grama, solo mala yerba. No escucho relincho o canto. Me arrimé al portón y su pintura se escascaró bajo mi agarre. La casa que busco ya no existe. Güajataca se la tragó.
Navidades querían decir volver. “Vamos al campo, al cielo estrellado, a la hoguera y el gallo.” Mi madre me despertaba tempranito para comenzar el regreso. Al rato abría los ojos y tenía la pura maleza al borde de la carretera. Nada de cemento. Yo contemplaba los arboles con terror pues entre sus ramas tenían esos montones negros. – Comején, decía mami. “No creo”, pensaba. Estaba convencido que eran monos prietos que me gritaban con sus boquetas al yo pasar. La vía se abría y entraba el sol salvaje y su humedad. Ya pronto llegamos. Un par de curvas más y llegábamos al…
- ¡Comai! ¿Cómo están las cosas?
- Bien, bien. Aquí te lo traje
- ¡Dios te bendiga, nene!
- …Bendición, madrina
- Toma: un brazo gitano y los regalos de los muchachos
- Déjame llamarlos: ¡Gaby, Joseíto, Beatriz!
- ¿Y Pepe?
- Con los caballos. La suegra, ¿Cómo sigue?
Por la puerta salió un joven: José. Siempre me daba la mano como buen hombre y cuando yo se la daba, me la apretaba fuerte. Sus manos eran ásperas y grandes. Como las de un buen hombre. Gabriela lo seguía: hoyuelos y flores. Era su costumbre ir corriendo a agarrarme los cachetes y amasarlos como si fueran panecillos. Me llenaba de besos y pellizcos -¡Cuchi!¡Cuchi!, me decía mientras yo retrocedía con una sonrisa asustada. Tanto cariño me dolía. Por último llegaba Betty en su bici roja y dorada. Era una rubia de ojos claros y piel blanca. Preciosa. Así como ella, son pocas las que conozco que corren descalzas. Me hacia circulos con su maquina mientras gritaba su saludo. Era a la casa de los Llenín y Figueroa donde yo “regresaba” a pasar las Navidades.
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- ¡¡¡Meeeeeeeeeaaúúú!!!
- ¡Callate, pavo!, yo le respondí
- ¡¡¡Meeeeeeeeeaaúúú!!!, volvió
El pavo real abrió su cola y vi soles. Miles de soles que vibraban como alas de abejón en el horizonte con calor y candela. Potentes e imperiales. El gallito se quedó callado en su covacha. La tierra también se estiraba y se calentaba: comenzaban los movimientos del día. La cafetera seseaba. El pan rompía. La tocineta salpicaba y picaba. Los caballos pisoteaban cuando escuchaban la pala hundirse en el alimento. Las gallinas gritaron del susto. La pala raspaba contra el cemento y picoipala rompía la piedra. La sierra zumbaba bajito. Abren la pluma y chorretea el agua. «Prende la podadora» «Traite la carretilla» Tun-tun, tun-tun hacia la lavadora.
- Hay que moverse. Hay que trabajar, me decían.
Yo trataba de mantenerme al paso pero me quedaba atrás. Los tres hermanos: “¿cómo pueden ir a esto paso sin cansarce? Si no me llevan apenas 5 o 6 años. José limpia jaulas, lava los caballos, aceita el cuero, poda la grama, mueve las pacas de heno, arregla el gallinero y más. Gabriela y Betty comparten sus tareas pero aún así. Limpieza: arriba abajo, cocina comedor, sala, marquesina, cuartos, garaje y los tres perros. Ellas cocinan, lavan, tienden, planchan, cosen, recogen, almacenan y cuentan. Y encima labran y desyerban y cargan y cavan. Era la casa de los verbos. Yo trataba de ayudar como podía pero me parecía insuficiente. Ellos sudaban y sonreían. El Sol y la tierra los premiaba. Estaban orgullosos de sus callos y el mollero rojo. Le sacaban tanta satisfacción a ese trabajo dificil. Se mantenían felices y vivos con esa realización que cosechaban. El lujo era decirse uno al otro: «lo mucho que sude e hice hoy ¡Vaya, que día bueno!» El gran almuerzo les era como una palmada a la espalda. Yo me sentía mal al comer pues no había ni podido levantar un tiesto. “El blandito”, me decían. Yo no era de campo y en el pueblo eso dejó de cultivarse.
Betty me abrazaba y me sonreía. Entendía mi apuro. Por eso me llevaba al sofá a leerme pasajes de sus libros de intermedia o si me veía con trompa, se inventaba un cuento: «Érase una vez y dos son tres…» Allí también se cultiva ese ciento. Acá se hablaba con distinción y propiedad. Madrina discurría en las mesas sobre el Quijote y las tesis e investigaciones. “Maestra de español y mira lo mucho que sabe. Las del colegio no son así” pensaba. José, que para aquel entonces estaba en primer año en Mayagüez, se mantenía al día con su Cálculo. Gaby estaba alistándose para sus exámenes y Betty leía y leía.
- Siéntate derecho y mírame cuando te hablo. Todos merecemos el derecho a ser escuchados con respeto-, me ordenaba la madrina. A mí también me incluían en el proceso. Ya era otro pollito.
Cuando terminaban los estudios, acompañábamos a José y lo veíamos jugar básquet frente al garaje. Se ponía su verde en honor a Bird y sus Celtics. Lo jugaba bien. Se divertía. Era el único hábito de niño que veía que conservaba. Betty siempre con su bici dando vueltas. Gaby me invitaba a dar una carrera: «por la cuesta pa’rriba». Subíamos una y otra vez hasta que nos quedásemos sin aire. Nos tirábamos en la grama a ver a Padrino montar el palomino. Como un rito, le ponía la manta, la silla, ajustaba el cincho y luego los estribos, jaquimón, barbada y riendas. La bestia recogía el cuello y salía a marcar el paso. El ritmo retumbaba duro y claro por doquier. Entre la casa y el bosque se escuchaba el: tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac. Beatriz salía a donde su padre pidiéndole que la dejara montar:
- Tiene brío, Beatriz. Cuidado que tiene brío, le advertía él.
Pero ella no tenía miedo. Montaba solita. Mantenía la espalda derecha y el agarre seguro. El caballo cabeceaba y tiraba. No importaba. Ella lo mantenía “ahí”. Sin majaderías.
Todos ellos sabían montar. Y bien. A menudo acompañaban a Papi de cabalgata por el caño de Camuy, por allá en La Maquina. Les es un pasatiempo tan común: básico. Me parecia que los Llenin y Figueroa son ellos mismos unos equinos. Mientras hacian su gran y arduo trabajo del día a día, mantienen el paso, el porte. Cargaban con ese ánimo galopante pero fino. Tenian respeto y gusto por la tradición pero sed por el porvenir. Indomables por culpa de ese fuego y esa resolución. Van directo a la meta como locomotoras: ¡tac tac tac tac! Quería yo, también ser como ellos y poseer ambas, la fuerza y el arte.
El Sol se fue y entró la calma del grillo. La noche lo sosegó todo. Los carros comenzaron a llegar poco a poco. Traían el chocolate. Traían el pan sobao. Llegaban con consuelos y rosarios de madera. Muchas figuras llenaban la casa con su negro. Tantos nombres que para mí, sólo eran caras arrugadas que murmuraban el rezo. Las voces de las viejas de tonos altos lazaban plegarias y su «Ay, por favor, Señor», las madres ofrecian sus melodías y coros por la «Virgencita» y abajo estaban los hombres farfullando en las esquinas. Bajo las luces ténues, se reunieron en la sala con la imagen del abuelo en el medio.
Eso fue el 30 de diciembre. Hacia un año que Don Genaro, hombre jincho de ojos claros, había muerto. Madrina penaba la muerte de su padre con aquellos ojos llorosos y oscuros. La tenían en el sillón para que todos la vieran y adoptasen su dolor. Todos llegaron también a llorar y velar al viejo como hermano. A mí me estaba bien. Entendía lo que era perder un querido. Pero cuentas y mas cuentas pasaban bajo el pulgar y aquello no acababa. El «Ave María Purísima…» me daba vueltas por la cabeza. El «Padre Nuestro…» me mareaba. Y yo, con el estómago adolorido por comer tanto pan. Recuerdo que me escapé a un pasillo desolado de la casa y me encontré a Beatriz sentada a oscuras sobre la cama de sus abuelos. Ya no sonreía. Le dolía mucho haber perdido a su abuelo. Ella era su querida “Truquita”. Ese nombre, él se lo había llevado a la tumba y con sí, parte de la identidad de la niña. Estaba rota, a medias.
La cogí por el brazo. Tenía que sacarla de aquella charca de llantos y penas. Afuera, la noche estaba como cualquier día de diciembre: nueva y limpia.
- Vamos al flamboyán, le dije. Ella asintió con la cabeza
Tuvimos que pasar por el taller del Don. Yacía sepultado bajo las enredaderas. Me parecía un sepulcro. Nunca había entrado allí pero desde afuera había visto que tenia maquinas oxidadas y extrañas como de un tiempo lejano y desconocido para mí. Nunca miraba fijamente para aquel adentro pues temía tentar y llamar al fuego que iluminaría la cara del viejo.
Llegamos al árbol: grande y antiguo. Nada crecía a su alrededor y tenía la libertad de estirar las ramas para espaciar su color. Pero de noche, su follaje se hundía en el cielo estrellado y solo teníamos el tronco. Nos sentamos frente a él. Era casi un tótem con fabulas y mitos escritos en las ranuras. Me preguntaba cuánto habría visto aquel árbol. “¿Cuánto sabrá?”. Pronto llegaron los cucubanos. Nos daban vueltas en la oscuridad. Que yo recuerde, era el único sitio en Puerto Rico donde yo había visto cucubanos en grupo. Parpadeaban con su sube y baja. Eran como la punta encendida de un pedazo de leña que dejaba atrás su caminito de luz. Permanecimos en silencio. Al menos… no recuerdo intercambiar palabras. Betty necesitaba descansar.
-¡¡¡Meeeeeeeeeaaúúú!!!, y volvió a amanecer
Ese dia no trabajamos en la casa. Sino que hubo que salir a muchos sitios.
- ¿A muchos sitios?, le pregunté a mi madrina con morriña
Ella sonrió: – Al supermercado.
Pernil, entremeses, ensaladas, frutas, arroz, gandules, zanahorias, sofrito, calabaza, salsa de tomate, refrescos, ron, cerveza, vino y mucha leche pa’l café
- ¿Y ahora?
- A donde Doña Fela
Tembleque, arroz con leche, merengue, dulce de coco, tres leche, quesitos, coquito, gofio, ajonjolí, polvorones, pilones y limber para los nenes.
- ¿Y ahora?
- A la floristería
Pascuas, azucenas, miramelindas, amapolas, girasoles, margaritas y lilas.
- ¿Y ahora?
- Al moll.
Manteles, vasos, servilletas, cubiertos, hielo, bocinas y sus músicos.
Y aquí y allá. A casa de Juan y Fulano que salían a la puerta con lo prometido. Las cosas se amontonan y a mí me tocaba bajar, organizar, llevar, poner, arreglar y repartir. Mientras, las muchachas se arreglaban y se emperifollaban. Tenían que lucir bien para la fiesta del fin de año. A mí me entretenía verlas maquillarse pues hacían unas de muecas como cuando se pasaban la plancha o estiraban sus pestañas o simplemente hacían sonar los labios al ponerse el lipstick. El perfume formaba una nube que me perseguía y se me quedaba en el pelo.
Con las brisas frescas de la tarde llegaron los carros. Esta vez eran muchos más que la noche anterior. Los que se habían montado en la acera formaban una fila sin fin. Los primos, amigos y hasta el ahijado del nieto del mejor amigo del tío abuelo había llegado con los regalo y el «te traje esto de casa pa’ que lo pongas en la mesa.» Los niños llegaban con esas carotas de molestia y confusión. Sus madres los habían obligado a venir bien peinaditos y la camisa nueva parecía tablón por culpa del almidón. Alguien prendió la vitrola y sonaron la salsa, la bachata y el merengue.
Pronto, el Don sacó a la Doña a bailar y luego se unió el resto. El pasito y la risa y el «¡wepa!». Eran cosas de adulto y no las entendía. Me fui al patio a jugar con el resto de los otros huérfanos temporeros. Jugamos al escondite por el árbol de mangó. Mis zapatos terminaron con un pringue pegajoso y mi cuello lucia esas líneas de sucio. Luego decidimos tirarnos por la cuesta como troncos, rodando. Eran en esas ocasiones que empezaban los:
- Hola, ¿Cómo te llamas?
- Ana ¿y tu?
-Raúl. ¿Eres pilla o policía?
- ¡Pilla!
La fiesta siguió arriba en el balcón y nosotros abajo con la nuestra. Una que otra vez bajaba algún adulto a jugar por un rato y luego se cansaba. Al final, ya nos conocíamos uno al otro y contaríamos con ese contacto para otros fiestones aburridos.
Pronto se hizo de noche y prendieron la tele: la espera. ¡Qué horror! Ya yo estaba cansado y era mi hora de dormir. Andaba moribundo y “jarto” de tanto dulce. Solo quería arreguiendarme de alguna falda o pantalón y descansar. Pero mi madrina sacó el cajongo y su hermana, la guitarra y me distrajeron con bomba y plena. Rápido se me pegó:
- ¡Arrisquistascas…, y yo no sé que mas, … catís!, Todos reían.
El tiempo avanzó y nos reunimos frente a la pantalla: Times Square estaba encendida con su bola de cristal. La tensión comenzó a crecer. Yo miraba cada 5 segundos para ver la hora. 1999. En pocos minutos comenzaría el nuevo milenio. Las caras se miraban una a la otra con sonrisas nerviosas. Gabriela me apretaba los cachetes cada vez más. Y alguien dijo:
- ¡Aja! 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2…¡1!
El bullicio pegó un grito. Se felicitaban. Se besaban. Recuerdo los fuegos artificiales de la tele: rosa y rojo. Padrino me beso el cachete con su bigote puyú y me dijo:
- Felicidades, mi santo
Era todo abrazos y caricias. Salí afuera. Se escuchan los petardos y ví las pequeñas explosiones en el cielo. El perro del vecino ladraba asustado dentro del garaje.
La casa esta a mis espaldas: abandonada y en penumbras. En el piso sucio del drive-in, veo que alguien dejó rastro de sus pisadas. Ya no cantan los coquíes. No hay fiesta ni alboroto. Los de al frente están viejos y dejaron de poner las luces. Los hijos ya se fueron a San Juan y por eso dejaron de formar las parradas por el barrio. El matrimonio dejó de ser. Pararon los besos y el «¡Felicidades!».
El tiempo ha pasado rápido y una década después todo está oscuro. La calle está sin focos. Ni un carro pasa en esta víspera de Año Nuevo. Muerto. Solo yo estoy aquí. Como siempre, me quede atrás. El segundero siempre va adelante cambiándolo todo. Llego tarde. “Estoy quedao.” Ojalá vuelvan Beatriz y sus cucubanos a darme vueltas para arroparme como niño.