Escisión 2

Posted by on July 6, 2012 in Cuentos/ Short Stories | 0 comments

por: Jaime Géliga Quiñones

Sí, es cíclico. Al menos eso me dijo ella luego de leer este intento trillado de decir cosas. Pasa en intervalos de cuatro a ocho años, añadió. Me reí, encendí el último cigarrillo, abrí la cerveza y fluí con la plena que sonaba en el Boricua. Yo asumo que eran más de la una, ya llevaba rato que había llegado del Refugio. Aún no sé si escribí lo que me contó, o sólo lo que yo quise contar de lo que contó para seguirlo contando desde lo que algún fulano pueda contar mientras cuenta las palabras. Sí, ella me dijo que sería breve. Como una columna del rotativo mañanero que sigue los pies.

 

La cuestión es que sus canas van más allá de cualquier discusión que ponga a titiritar cualquier absoluto. Ni ella ni yo sabemos si son esas canitas las que dibujan lo que vemos, o nosotros creemos dibujar tras las canitas. Yo iba al Boricua porque sabía de antemano que las canitas a las que le sigo la pista no llegarían. Ella iba esperando esa llamada que sólo ha pasado dos veces desde el Boricua. Sus canitas se toman unas cervezas y después la llaman, las mías creo que ya no beben. Disculpen, quien contó lo que está por contar fue ella, y yo sólo, sólo yo, lo estoy escribiendo mal. Pues ya van varios días y sólo estoy trayendo a consideración las canitas que ella persigue porque me recuerdan a las que yo persigo.

 

Hasta aquí llegaba el papel que él me dio, sin duda se notaba que el día que hablamos estaba ebrio, bueno borrachísimo. Me quería vender un cuento de una historia que le conté yo hace unos viernes atrás. Yo no tengo problema con que la cuente, pero para contarla tenía que tener en cuenta desde donde se cuenta. No es que yo, y sólo yo, la pueda contar, pero me doy cuenta de lo que debe contar para que mi jueves anterior sea contado. La verdad, si es que hay, es que él lo quiere decir todo, pero no dice lo que para mí se tiene que decir. Incluso creo, que él no recuerda que yo le conté lo que el intentaba contar.

 

Recuerdo que ese jueves dormí todo el día, el pesado fresco de la Manila apenas entraba por el balcón y me acariciaba en el sofá. Desde hace días sólo duermo ahí, la cama me resulta asfixiante. Comencé a leerme algo tan pronto me levanté, sin moverme, quería terminar esa novela que me iba dando un sabor a barra y al terminar me lancé a ver si le seguía el rastro. No quería complementar nada, sólo quería completar algo. Ocupar algo. Ni tan siquiera eso, ahora solo busco un modo de escribir la manera en que pueda describir el tiempo para escribir cómo la compañía de un cigarrillo y una cerveza no precedieron la mirada que dibujé, pero si mi intento fallido de llegar al Boricua.

 

Me deslicé en un juego aporético de las palabras, sobre decir nada para vacilar con el contorno de que lo no dicho será verbo y lo entendido se consumirá como un adjetivo. No dije las palabras, porque las palabras me afrontaron a mí. Sólo jugué al exhalar el humo, solo jugué al decir cosas por decir, solo convoqué a jugar. Él también jugó. Me contestó: a la izquierda. Incluso antes de yo terminar de decirle: sexo. 

 

Ahora me trazo el panorama de aquel jueves, tantas miradas que buscan reconocer quién la mira y desde dónde. Miradas que uno recibe desde antes de salir por la puerta de tu apartamento y miradas que nos siguieron detrás de cuando tomamos a la izquierda para venir a mi apartamento. Yo no sé desde dónde me miraba pero sé que fijé mi mirada a partir de esa falda. De verdad quería descubrir cuál era su juego pero, sin quitarla. Quería apostarle a que podíamos fijarnos en que hay otras miradas que miran a la vez, pero que no miran como esas que siempre te siguen, incluso desde antes de salir del apartamento. Pasamos muchas miradas, y todavía me queda la pregunta si la mirada descansó sobre nuestros cuerpos todo el tiempo. Me pregunto si estaba presente cuándo le prohibí quitarse la falda mientras perdía su camisa, o cuando la levanté. No sé si la mirada logró descansar sobre nuestros cuerpos como mi rodilla izquierda descansó sobre sus nalgas. Y si estaba mirando, no sé si se logró percatarse de esas gotitas de sudor que pedían ser lanzadas a la curvatura que convoca a deslizar muchas más cosas que sólo el sudor. No sé si se fijó que me gustaba frotar ese cuerpo sobre un peludo sofá para que el pesado fresco que trae la ventana no fuera aplastante como el cuarto. Sé que en algún momento llovió, de manera leve, las gotitas en las ventanas me lo anunciaron. Sé que busqué mi dildo turquesa, rompí la envoltura de un condón y lo amarré a mi rodilla. No sé si la mirada seguía ahí sobre nosotros cuando mi rodilla volvió a descansar sobre sus nalgas. No sé si tomó notas sobre cómo mi pierna se volvía el espejismo de la cintura deseada por cualquier desierto. Lo que sí sé, es que si seguía ahí, no vio cuando llovió, se quedó para el aguacero.  

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>