Parhelios

Posted by on June 22, 2012 in Cuentos/ Short Stories | 0 comments

 Por: TIRESIAS

 

I

El Hyundai Accent iba rápido por la carretera de Islote esquivando los boquetes. El muffler sonaba como si el carrito corriera con agua de burbujas. Una que otra vez, estallaba un disparo.

- Vamo’, deja la bellaquería, le gritaba Yaina al chamaco que iba atrás.

- Ay Yai, déjalos quietos, le dijo la chofer.

- Que se deje de asquerosidades es lo que tiene que hacer.

Atrás viajaba un trigueño y una flaca hincha. Tirados uno sobre el otro. La mano del muchacho entre sus muslitos. Él lucia una sonrisa de idiota bonachón con parpados hinchados.

- Ay mi hermanita… ¡Chilea!, le dijo a Yaina mientras le alborotaba el pelo.

- Déjate de mierda. Me encojona cuando dices eso, respondió quitándoselo de encima.

- Que mucho se quieren, opinó la chofer

- Crystal, quítate esa música, le pidió Yai.

Las bocinas gritaban “Quiero llenarte” de Frankie Ruiz con tanto estruendo que ya una de las bocinas estaba explotada. Crystal era una muchacha gorda, cocola de primera: Medalla en la mano, carcajadas de macho perdido y el sombrero de “vaquero”.

- Mami, estas puyua hoy ¿Quiere’ algo de beber? ¿Medallita?, pregunto ésta

- No, ahora no.

Se habían detenido en el tapón de los domingos frente al Club Náutico. Por la ventana de Yaina se colaba el humo con olor a pincho y salsa barbiquiú con ese poquito de mugre de mangle. Una pareja adulta pedían 4 pinchos: dos de tiburón y dos de pollo. Sus nenes de coco raspado miraban los carros pasar. Un bebé lloraba dentro de la Chevy Astro. La dueña de la carpa era una vieja de una piel trigueña que parecía papel aluminio por las arrugas y el maltrato del sol. Tenía dientes amarillos y greñas de bruja.

- ¿Quieres que pare?, le preguntó Crystal a Yaina.

- No, no, síguelo.

Abajo las rueditas atravesaban por el charco grisáceo. Ya se montaban en el puente de pescadores. Un perro enclenco velaba las presas que subían desde las aguas oscuras del canal. Atrás, la muchachita reía y decía:

- ¡Nene!, con esa coquetería.

- Bellaqueo, bellaqueo, bellaqueo, reía Crystal

- Yo quiero, yo quiero, yo quiero que tú me des la felicidad, cantaba Yaina en voz baja.

Un viento azotó en cuanto entraron al área del balneario. Tenía un fuerte olor a a salitre y al metal oxidado del muelle. Si algo caracterizaba a Arecibo era el salitre. La prueba estaba en los tejados del casco urbano con sus muchos tonos de marrón. Moho y óxido. El pueblo cedía cada vez más y más a las olas de sal. Esa era su peste. Entraron al estacionamiento de arena de la Posa. Allá lejitos tocaba la vitrola del carrito de helados.

- Néstor, ayúdame con la nevera, le pidió su hermana.

Mientras ambos caminaban, se hundían con el peso en la arena caliente. Las rodillas de Yaina chocaban contra el costado de la nevera roja. Ya la posa estaba llena con la gente: viejos, jóvenes, familias que acaban de salir de misa o del moll. La salsa combatía con el reggaetón bajo el vaivén de los vientos.

- ¡Puñeta!, maldijó Crystal. Se había parado en un pamper escondido en la arena. Néstor se reía.

Escogieron un kiosko invadido a mitad por una duna y sacaron sus toallas. Yaina se tiró sobre la suya. Olía al detergente de se casa. Escuchó que abrieron dos latas de cerveza. Sus ojos se fijaron sobre la jeva de Néstor quien se quitaba la camiseta. Nada que admirar. Unos pechos pequeños y una cara común. “¿Y porque esta?, se preguntó “Ah, los ojos verdes.” Su hermano caía rendido por un buen par de ojos. La chica esperó a que su pareja la mirase para quitarse los pantaloncitos de mahón. “Como si tuviera algo que modelar”. Tenía un “bottom” rosa con el símbolo de Roxy grande y blanco. Néstor alzó ambas cejas repetidamente. Ella se fue al agua y el otro la siguió sin pensarlo. Yai se quito la camisa y se volvió a ascotar. Las olas rodaban desde los peñones, traspasando la orilla hasta llegar a los oídos de la joven con gran estruendo. Su pecho blanco, ahora roseado con arena y sal, se inflaba y desinflaba al tiempo del burbujeo marítimo. Las palmas, palillos con pavas, se dejaban doblar por los vientos. Pronto escuchó a Crystal suspirar y olió el tabaco.

- ¿Ya prendiste la chimenea?, preguntó Yaina

- Es que se está tan bueno que vendría bien fumarse un buen garet. Oye, ¿me acompañas a Obras Públicas mañana?

- ¿A qué hora?

- Será como a las ocho.

- Super temprano.

- Dale mija. Vamos y después nos tiramos pa’l moll.

- Déjame ver porque tengo clases.

- ¡Mierda!

- ¿Qué?

- ¡Miguel! Va pa’ donde Néstol.

- ¡Ñeta!

La muchacha rápido se levantó rápido y salió corriendo hacia su hermano. Ya Miguel lo había empujado una vez y sacudía su cabeza de lado a lado. Néstor se paró frente a la muchachita y trataba de calmarlo. A este no le importó y rápido le tiró un puño a la cara. Yaina acababa de entrar al agua:

- ¡Ey, ey ey!, gritaba.

- Arranca pa’l carajo, so puta.

A esta tampoco le importó y le derribó con un el mismo golpe. Una revuelta y un gran chasquido. Los dos alicates del muchacho dieron un paso hacia ella.

- Atrévanse que los dejo sin huevos.

Uno recogió al vencido y este reintentó derrotar a la enemiga. La joven rápido lo pateaó entre las piernas. La cara se le enrójesió y se le brotaron los labios. Cayó eñangotado y comienzó a llorar.

- ¡Acaben y llévense a esa Magdalena!, les gritó Crystal

Así lo hacen hicieron y se desaparecieron.

- Coño Néstor, deja de traerme tanta bulla.

- ¡Ay! Si ese es un pendejo, dice la muchachita con la voz aguda de parcelera.

- Gracias, Yai, le agradeció su hermano.

- Aja, y se volvió al kiosko.

Crystal le comenzó a hablar a Yaina sobre Miguel y el lio, pero esta, no la escuchaba. Se habia sentado con las rodillas abrazadas. Los mechones de pelo soltaban gotas frías de agua que rodaban hasta esconderse por el doblez de la espalda. ¡Bum! Rompió una ola contra el peñón y hacia el cielo volaron miles de gotas. Unas niñas gritaron y de seguido se escucharon los aplausos del agua volviendo a su cuerpo. Unas trompetas extraviadas llegaron hasta el kiosko. El Lancer rojo sonaba la bocina. Aquel le pidió a aquella que avanzara. Otro bebé lloraba.

- ¿Velda’?, preguntó Crystal

- Aja…

II

Las latas vacías rebotaban dentro de la canasta de metal. El pavimento estaba repleto de imperfecciones y los muelles de la bicicleta no amortiguaban como debían. Pero Yaina no se deshacía de ese aparato incómodo. Le traía muchos recuerdos. Antes solía recorrer esa ruta con su hermano: cruzar al pueblo por los Puentes Gemelos en vez de ir por la mMarginal. Pero eso fue hace mucho y ahora, había solo un puente que casi no lograba levantarse por encima del Rio Grande. “De eso hace mucho…”

- El era pequeñito para aquel entonces. Ahora es un buscabulla.

Desde lo que ella alcanza recordar, siempre ha tenido que cuidar de su hermano. Su padre nunca se quedaba en la casa por más de una semana y su madre siempre ha estado de cama. Fue su Tía quien por muchos años cuidó de ellos dos. Pero a Yaina nunca le había caído bien eso de pedir prestado. Y al sentir la obligación de cuidar del resto de su familia, desde los quince años comenzó a buscárselas para ganar algo de dinero: trabajando, robando, traficando… Donde hubiera dinero, allí estaba Yaina.

- Y donde Néstor estuviese pillao’, allí también estoy yo.

Su hermano carecía de ese sentido del “deber por la familia”. Se la pasaba cortando clase para ir a la playa o alguna fiesta de marquesina a para dársela fría. Vengan las feas y las comprometidas deprimidas. Él trabajaba una magia torpe que las hacía caer por aquella panza trigueña y sus ojos caídos. Donde hubiese mujeres y/o ron, allí estaba Néstor.

- Como su padre. De tal palo, tal astilla.

La primogénita había pensado en botarlo por vago e inútil.

- Pero a mami no le gustaría. No me dejaría.

Ella tampoco pudiera echar a su hermano a la calle. Pero, que mucho le pesaba. Ya dejó atrás el multipisos de los taxistas. El pueblo estaba callado pues nadie pasaba por allí los domingos. Así que el Meaito y la trepadora podían devorar las viejas mansciones en paz. Su apartamento estaba en el segundo piso de aquella casa vieja. En la marquesina de los de abajo, Don Genaro, Dorito y Chucho jugaban dominós mientras escuchaban la radio. WKAQ 580 AM. La muchacha estacionaba la bici cuando Chucho le gritó:

- Mira quien llega.

- ¡Cosa buena!, respondió ella riendo.

- ¿Cómo estas, nena?

- Mejor que ustedes.

- ¡Ay!, que chula, le contestó Genaro.

- Saludos a la mai, pidió Chucho.

Subió las escaleras. La puerta siempre estaba abierta durante el día. Sala oscura. Los vecinos de al frente tenían puesto Univisión y allá llegaba la música de entrada del noticiero. Prendió las luces y comenzó a prepararle la comida a su madre. Sancocho recalentado.

- Yai, ¿esa eres tú?, preguntó la madre desde el cuarto

- Si mami. Te estoy recalentando el sancocho de ayer. ¿Quieres pan?

- ¡Ay si! Porfa.

La campanita del microondas timbró. Yaina movió el caldo y lo sopló. Arrancó un bocado de pan. “Está un poco duro”. La madre dormía en un cuartito, casi un “closet” de escobas. Una lámpara de luz débil estaba algunas sombras.

- Mi niña, ¿Cómo estás?

- Bien. Toma. Tienes que mojar el pan un poco.

- Gracia., La mujer se irguió y se recostó del respaldar. Tenía un pelo muy negro y espeso. Cara fuerte. Cojines bajos sus ojos.

La madre no sufría de ninguna alguna enfermedad fatal. Sí tenía una alergia severa en la piel que no le permitía trabajar con las manos o salir al sol. También, desde que su esposo abandonó la casa, había exhibido un comportamiento algo bipolar. Unos días quería a sus hijos. Otros, los despreciaba.

- ¿Y la escuela?, le preguntó a su hija

- Ya estoy en la uni mami, fregaba.

- Pues, ¿Cómo te va?

- Bien, abríó una lata de Coca Cola y se la pegó a su pecho.

- ¿Estás leyendo mucho?

- Pues sí. tengo que leer pa’ un trabajo.

- Lee por leer. No por obligación.

- No son los 50 mami, se fue a buscar una muda de ropa en su cuarto.

- Antes, ahora y siempre. La mujer debe educarse.

La chica se reclinó del marco de la puerta: – Aja, ok, lo que digas. Me voy a dar un baño.

La madre siguió discutiendo sola. Siempre lo hacía. Yai se habia desnudado en el baño y se miraba en el espejo. Ella era de estatura pequeña, piel crema, casi blanco y de pelo castaño largo. Una orejita se salía por entre el cabello. Crystal le había dicho una vez:- ¡Tienes cara de rata! Será por su nariz: pequeña, puntiaguda y se levantaba tan solo un poco al final. Los ojos “achinaos”. Los dos primeros dientes superiores levantaban el labio un poco. Sus pechos no eran grandes pero tampoco pequeños. Ya habían comenzado a exihibir estrías. Lo que sí llamaba la atención eran sus caderas y trasero. Cuando salía en mahones había más de un idiota que le piropeaba. Cayó en cuanta que se había hipnotizado frente al espejo y rápido se metió en la bañera. Nunca había sido una de tener noviecitos. Le hacían perder el tiempo y nunca la entendían. Además de que también tenía fama de ser lesbiana. No hace mucho habían comenzado esos rumores por “machúa” pues siempre estaba andando con Crystal, quien sí lo era. Había habido tenido alguno que otro muchacho en su mira pero se le esfumaban. Al rato, apagó la ducha y se secó. La ropa estaba fresquesita: unos pantaloncitos y una camisilla. Sin ropa interior. Era septiembre pero aún la humedad y el calor atacaban.

- Oye mami, ¿y Néstor?

- Pues en la calle como siempre. Me dijo que se iba a andar con unos amigos al parque allí en el río.

- Oka.

Yaina tiraba la ropa en el “hamper” cuando su madre mencionó:

- Nunca había mencionado al tal Miguel.

- ¡¿A quién?!

- Miguel.

- ¡Carajo! ¡Vengo ahora!, y salió corriendo.

- ¡¿Pero qué pasa?!, gritó aquella.

La joven juntó chancleta y pedal y salió de prisa.

- ¡Weee!, le gritaron los tres viejos.

La bicicleta corría por las calles vacías con el zumbido apresurado. Brincaba los muertos y resonaba al caer. El sillón rompía contra su nie. Unas greñas mojadas le cegaban y otras caían dentro de su boca jadeante. Ella seguía pedaleando porque sabía que lo tenían preso. Que la buscaban a ella. Que lo matarían si no se presentaba.

- Mi culpa, mi culpa, mi culpa, Se repetía ella, ¡Pendeja!

Cogió la derecha cerrada de la farmacia y volvió a cruzar los Puentes Gemelos. Aquel le sonó la bocina, pero a ella no le importaba. El campanario de la Catedral la veía cruzar a lo lejos. Ya se acercaba a la entrada. Tenía que coger velocidad para montarse en la acera. Tiró el cambio y dio un jalón. La bici brinco y cayó. Ella se arresmilló y dejó salir un gritillo. “Es la primera entrada”, recordaba. Tiro la chatarra al piso y se echó a correr. El sitio estaba descuidado así que tuvo que cruzar un gran charco. En cuanto rompió la calma del agua, brotó la ráfaga de mosquitos. El lodo atrapó su sandalia izquierda y con el empuje con cual avanzaba, la tira rompió. El tener que cruzar la grama alta aumentó su desespero. Frente a la estatua de la vaca, el camino se dividía en dos.

- ¡Acá!, le gritaron.

A su izquierda había cuatro figuras. – ¡Néstor!, ella gritó. Su hermano estaba entre los tres: cara roja y morada. Jadeaba. Lo sujetaban por los brazos pues el muchacho no tenía fuerzas para pararse.

- ¡Como viene corriendo!, se mofó Miguel

- Déjalo ir, ella trato de decir de forma calmada. Gritó: – ¿¡Que quieres!?

- Yaina tu andas poraí como si fueras dueña del mundo… ¡La Bichota! Todos hacen lo que digas porque nadie se atreve a darle a una muchacha. Pero yo no. No me importa un carajo lo que digan. Estoy jarto de tus mierdas.

- ¿Qué quieres?, preguntó la muchacha en voz baja.

- Arrodíllate. Mano’ atrás de la cabeza.

Así lo hizo. Con la cabeza, Miguel le dio la señal a uno de sus muchachos. Este recogió un tubo de metal del piso y se encamino hacia la muchacha. Yai cerró los ojos y mordió fuerte. Resoplaba como furia. Su pollina saltaba y despedía gotas de sudor. El sonido sordo del metal contra el cráneo le sacó un quejido a Néstor.

- ¡Aguantalo bien!, le dijo Miguel al otro muchacho para que mantuviera al prisionero en el piso.

El líder de la ganga se unió a aquel que ya comenzaba a patear a la muchacha:

- ¿Ah? ¡¿Ahhhh?!, burlaban mientras reían.

Seguían sin cansarse. Mientras tanto, Néstor se bebía la mezcla de mocos y sangre. Lo tenían bien sujeto y con su mareo, no veía forma de escaparse. Yaina no aguantó más y dejo ir un grito cargado de coágulos de sangre. Era esa queja en carcajadas profundas de la faringe. Salivaba sobre la grama. El otro la agarró por el pelo y la levantó:

- ¡Ayyy!

- Quiero que sepas porque estoy haciendo esto. Ese hermanito tuyo se la pasa con mi jeva. La saca a bailar, beber y algo más. ¿Te acuerdas? ¿La de la playa? Yo se que tu sabes.

La hermana miró a su hermano con el ceño fruncido y los ojos llorosos, no por la tristeza pero por el coraje de toda la vida que ahora se desbordaba. El otro miraba al piso. – Vamo’, le dijo Miguel a su alicate y abrió su bragueta. Ella se meneó violentamente.- ¡Apriétale el tortolo a esa yegua! Aquel abrió el puño y al piso cayeron unos cabellos largos. Volvió a agarrar pero con más fuerza. Néstor continuó mirando al piso, ido. Pronto escuchó el gagueo y el sonido de un orificio hueco dando contra la carne sudada. Los cachetes de Yaina brillaban con un rojo intenso y su nariz se estrechaba como queriendo cerrarse. Mantuvo sus manos en los muslos del tipo. Había tratado de resistirse pero ya se había rendido. El chorro de líquido que recogían las esquinas de su boca le bajaba por la barbilla hasta llegar a la garganta. Su camisilla rosa, ya empapada de sudor, tierra y sangre, traslucían sus dos tetas saltando.

Su hermano no se atrevíó a mirarla. Sus ojos se mantuvieron fijos sobre aquella brizna que recibía sus lágrimas. El sonido que emitía su hermana le resultaba terrible, pero pronto descubrió que la risa de Miguel era todavía peor. De repente, sus puños calleron al piso. Sangre volvió a fluir por sus muñecas. Rápido se volvió hacia su agresor. Este, un flacucho, se mantenía perplejo ante la escena. Una ceja le brincaba. Néstor no lo entendía pero vio la cuchilla que tenía en su correa y se la quitó. El dueño reacción y trató de recuperarla más le cortaron el dorso de la mano. El joven salió al rescate de su hermana. Rápido le espetó la cuchilla en el costado a Miguel. El que apresaba a Yai rápido tumbó a Néstor con un puño a la quijada. La muchacha rápido agarró la cuchilla y se la enterró en el muslo al alicate. Como veía que Miguel se levantaba, le hundió el arma en la garganta. Este lanzó un grito que burbujeaba en la sangre. Un disparo. El alicate herido le disparó a Néstor en el pecho. Una, dos, tres veces. Cayó de rodillas.

- ¡¡NESTOR!! , gritó Yaina y salió al ataque.

Solo logró disparar una sola vez antes de que ambos cayeran al piso. La muchacha apuñalaba una y otra vez. La garganta, esponja de sangre, escupía los chasquidos intermitentes. Acabada la descarga, ella fue a donde su hermano: ya no se movía. Ojos vueltos y blancos. La chica miró a su alrededor. Quedaba aquel chamaco paralizado. Alzó la pistola y le apuntó. Temblaba.

- ¡Ey, ey ey!, respondió este cubriéndose la cara.

- ¿Quieres morir con Miguel?

- ¡No, no, no!

- Pues ayudame a cargar a mi hermano

- Si, ‘ta bien. Lo que digas.

Con cautela y la mirada fija en el arma, caminó hacia el cadáver. Lo tomó por los hombros. La cabeza caía hacia atrás con ese ángulo anormal. Pesaba.

- Dale, ¡Avanza!, le gritó ella.

- Ya voy, ya voy.

Se escucharon unos ladridos. Cuatro perros satos bajaban embestidos por el camino. El alicate brincó hacia atrás por un frio que le derramaron en la nuca y la espalda. – ¡Ey!, gritó Yaina y disparósin apuntar. Se tiró a cubrir a su hermano justo cuando la jauría llegaba. Gruñidos y cabeceos violentos. Yaina gritaba como niña El flacucho dio otro paso atrás. Parpadeos blancos y disparos color rojo oscuro. Dio otro paso atrás. Ya casi ni se escuchaba el llorar de la muchacha. Un perro había mordido un brazo y meneaba la cabeza como fiera. Las encías brillaban mojadas. De repente se escucharon dos disparos lanzados al aire. El chico brincó del susto. Se apretaba el poco pelo que tenia. Lloraba con los extremos de la boca alzados. Decidió huir. Corría con un jadeo frio y niño atrapado en su garganta. Tiraba una pierna frente la otra. No sentía nada por debajo de sus rodillas. Lodo. Agua. Lodo. Concreto. Subió la rampa y cayó sobre el puente. Un bocinazo. Había muerto. Su cuerpo completo permanecía entumecido. El bumper del auto había parado a un pie y medio de su rodilla.

III

- ¡Salú!, gritaron los borrachines.

Sonaban las botellas y la pesetera tocaba alguna bachata. Ambos hombres salieron y en la puerta, le espeluzaron el pelo al muchacho sentado en los escalones.

- ¡Nene! ¡Vete a mimil!

- ¡Dejame, viejo borrachón!

Se reían de él y con burlas ser perdieron calle abajo. El viento frio entraba a la barra agotado y espantado como cualquier otro marinero que entraba buscando el consuelo después de haber sido abatido por las oscuridades de la mar. Era un frio extraño, inesperado en el trópico pues no era aquel que mordía el hueso sino el que le hacía cosquillas siniestras a los pulmones. Se podía escuchar el chocar de las olas. Tenue, pero estaba por allí. Un gato enclenco salió de un callejón y paró frente a la silueta de luz. Ojos grandes y asustados. El muchacho lo llamó: – Misu, misu… El animal permaneció quieto, temiendo. El joven, al ver que el gato no caía, le escupió y aquel huyó al instante. Un carro con una polea ruidosa entró al cruce de la barra. Las luces lo cegaron. La tele tocaba el la música del boletín noticiario. Anunciaban lo que darían mañana a las 6. Algo del país. Algo de Estados Unidos. Algo de unos piratas. Piratas en India. “Todavía existen…” pensó. El biombo policial gritaba a lo lejos. Los sonidos rebotaban por las calles estrechas como las cámaras de algún instrumento antiguo y descuidado. Le faltaba aire, le faltaba brío, ganas de tocar. El pueblo lo había dejado solo. Para cualquier navegante esto sería solo otra isla desierta. Otro cayo escondiéndose entre las olas buscando encallar la nave perdida.

Frotó sus manos y las separó en cuanto sintió el ardor. El tajo en el dorso de la mano izquierda latía. Rápido se acordó de los perros, de los disparos, las carcajadas de Miguel y los llantos de Yaina.

- ¡Guau, guau!, ladraron a lo lejos.

Su corazón brincó. No sabía ni por dónde empezar a pensar: “Yai y Miguel muertos. Hasta Joseito… ¿Qué le diré a la madrina? ¿Qué le diré al resto del corillo? ¿Me estarán buscando? Pero si yo solo me uní la semana pasá. ¡¿Qué carajo van a querer conmigo?!… Les digo que yo no estaba con ellos. Que yo no se ná.”

- Mira, vete pá tu casa, le dijo el dueño del negocio.

- ¡Ah! Aja…

Le cerraron la puerta en la espalda. Las ventanas dejaron de ofrecer de luz. El único foco que funcionaba estaba al final de la calle en la esquina opuesta. La del Hospital. No tenía miedo pero algo lo ponía ansioso. Quería irse. Lejos. Arriba tiraron la puerta. El hundió su cabeza entre los hombres mientras se echaba a caminar. “” Fiero, fiero”. Una vieja negra y pequeña cruzó frente a él. Rápido cambio su rumbo y se dirigió a la marginal por un solar baldío. Lo cruzó y comenzó a pasear por la acera. “Que aire fresco, se respira mejor…” Mentía. El aire que traía el mar venia fresco pero guardaba una daga mohosa entre sus mangas. Era el salitre. “¡Esta en todos lados! Entre las planchas en los tejados, en las ventanas, rejas, cerraduras, cabello… “¡Hasta debajo de las uñas!”. La probaba: granos gruesos y ásperos. Cortinas pesadas entraban a la ciudad. Una tras otra. El Atlántico no creía en la orilla y por eso sobrepasaba sus límites para abatir contra el casco urbano con otro tipo de oleaje. Poco a poco se la comía por tierra y por aire. El azufre y sus aguas salían de aquella oscuridad. No había luna y ver mas allá de las piedras le era imposible. “Boca de lobo”. Ni los característicos gorros blancos eran divisibles. Daba a miedo a todo ciudadano, pensar en aquella oscuridad marítima. Claro, era un espectáculo misterioso digno de una breve contemplación, pero desde aquí, desde la protección de esta barrera de cemento. Más allá… no. Se sabía que cualquiera que aventurarse mar adentro se perdería sin luz guía. Mas el miedo consistía en mirar atrás y reconocer que el pueblo estaba apagado. Muerto. Sin guía o faro acogedor, se encontraría solo en aquella boca de lobo y sus colmillos infinitos.

Y así estaba él. Los dos hermanos Hernández muertos. Miguel y Joseito también. Él: vivo y a la deriva. “¿Por qué a mí?” Tan pronto como lo pensó, siguió con el cuestionario que había escuchado a tantos otros decir en las películas despues de haberle sucedido lo mismo. Porque tuve que ser yo. Que hice yo para merecérmelo. Si yo nunca hago nada. Porque siempre me toca a mi y etc. “A mí me obligaron a ir” Miguel había dicho que serviría como iniciación. No era lo que él quería pero es que no sabía. Solo se había porque era lo “cool”. “Los Locarios son famosos en el CUTA. Ósea, van a las mascaras en carroza y todo. ¿Por qué no ser parte de ellos?”. El mismo Joselito lo había presentado hace ya más de mes atrás. Desde ahí las cosas habían ido bien. “Janguiando poraí”. Bebiendo en el Beer. Una vida de joda. “Como la de cualquiera chamaco. ¡Qué sé yo! Tal vez me pegaba en la loto y me hacia pana fuelte de Migue. Que sé yo”.

Él nunca había sido el popular. – Siempre está en na´, le decía su padre a su madre. Uni. Cine. Playa. Myspace. Esa había sido su rutina. Pero ser un Locario lo hubiera alzado: “de que a otro nivel. Pero esto ya era demasiao.” Pensó en Yaina. Esta tarde había sido la primera y la última vez que la había visto. Había escuchado hablar mucho de ella. “Que si estaba metia en drogas. Que era una lesbi. Pero na que ver. Hoy fue la primera vez…” En cuestión de minutos la había visto nacer y morir. Eso le paraba los pelos. Su cerebro iba con lentitud, masticando y masticando para tragar un poco. Se miró el tajo. Lo apretó. Sangraba. El hermano le había dejado aquel recuerdo. Algo le encojonaba. No sabía si es que estaban muertos. O que él estaba vivo. “O to’ el jodio lio.” Pero le molestaba. Le aruñaba la frustración por dentro. Seguió apretándose la herida como si aquella ofrecia alguna penitencia. Como si de entre el pus salieran soluciones. Más allá, era su propia confusión e ignorancia la que se lo tragaba como lobo. Los vientos batíeron contra su figura solitaria. Al margen de nuevo.

- ¡Me encojona!, le gritó a todo

Se acordó de cómo Yai lo había ordenado: “como si fuee nene de mama…” Esas habían sido sus últimas palabras. Hasta los que estaban a punto de morir le decian que hacer. Mas odio bullía.

- Ostia…, maldijo pero con un tomo húmedo

Él en la orilla de penumbras y el mundo de luz arriba. Lloraba. Porque estaban muertos. Porque estaba vivo. Porque estaba olvidado. Se sentó a limpiarse las lágrimas. Una ola llego hasta sus pies.

- Piratas en la India…, dijo

No sabía porque pero lo dijo. “¿A quién? A nadie… Como siempre.”

**********

Había caminado toda la madrugada, no quería volver a su casa. A su madre, la alcahueta. Le mimaría aun y si fuera el diablo echo carne. O a su padre… a ese, nunca definitivamente volvería. La relación entre ambos era fácil resumir y explicar: el oficio del “viejo”. Pastor de la Iglesia de las Nuevas Aguas de Jerusalén. El hecho era un insecticida dentro de su mente. “No ¿Pa’que le voy a seguir haciendo coso a un viejo chocho? Si el sabe tres crajos y usa la Biblia para aparentar. Machista cabrón.” Pensar en su padre implicaba que no pensaría en el. Las olas pequeñas y vagas caían del todo a sus pues. “El mar esta como plato.” Caminaba por la playa que conectaba el puente y el balneario. Nunca había paseado por esta playa. Era evidente porque. “Sucísima” Arena espesa y grisácea. Le recordaba a la carne de pescado ya podrida.\. Trozos de arboles y basura que sacaba el rio a la mar llegaban a parar ahí. La boca balbuceaba entre corrientes contrarias de color barro. Afuera en la mar podía ver una barcaza deslizarse por encima del horizonte. El muchacho se movía lentamente, arrastrando los pies sobre los montones de arena. Cualquiera que lo viese desde el pueblo pensaría que era otra penca de bambú. A él no le importaba. Iba realengo.

Llegó hasta la boca del caño donde los pescadores sacaban sus últimas presas del lado opuesto. Los perros, mosaico de penurias, velaban por si caía algo al suelo. Bocas abiertas y salivando. El joven también miraba con ojos perfectamente redondos, como el animal colgaba con aquel cuerpo pimpo de lo que parecía ser un hilo fino de aceite cristalino. Aceite y cebolla. Sus tripas gruñeron. Le seguía limón. No muy lejos venia el “tostón salaito”. No le quitaba la vista al pescado fresco. Alguien abrió una lata de cerveza. Él dio un paso hacia adelante. Ya estaba al borde de la represa que le daba forma a la boca. Mojoó sus labios cortados. Olía alcapurrias. “¿Dónde están?” Miraba de un lado a otro. “Allí, en la pick up”: dos hombre trigueños comían las grasosas frituras. Una lancha grande que entraba al Náutico por el caño le cortó la vista. Estos también volvían de la pesca. Traían dorados, sierras y bonitos. Sus colores parecían de neon dado a la combinación de agua y luz.

Ya salía el sol. La cúpula del mangle brillaban dorado. La emboscada de mimes encontró la carne tierna del muchacho. Él seguía saboreando sus fantasías fritas. Ronchas bárbaras se le formaban el los antebrazos y en la nuca. Los pescadores, habiendo terminado, recogieron y se fueron. “Coño, si tuviera dinero, me echaría algo a la barriga” Sintió como las espesas capas de humedad subían desde la arena fina. Decidió cruzar el caño y pasar al balneario. Cuando se tiró, probó un poco de aquella agua mangle. Sabia a una mezcla de huevos, tierra y un bloque de sal. Ya al otro lado se sentó en la orilla. Le picaba la nuca y con la mano llena de arena, se rascó con ansias. Ahora le ardía con la mezcla de sal y arena que cada vez se escondía mas entre los dobleces de la piel. De frente a él, los perros se corrían uno al otro. Detrás, a unos 20 pies desde la orilla, una yola estaba puesta sobre el agua. La soga del ancla: muerta. Continuó mirando a los perros jugar. Su líder, un perro de color alazano, brincaba sonriendo y con los dientes afuera. La jauría se dio a la fuga sin aquel perro. Viendo que iban para lejos, se sentó a esperarlos. Orejas arriba. El joven lo observaba y se percató de ello. Estaba tuerto. Sobre el ojo izquierdo se había formado una masa negra con destellos rosados. Era como un bulto relleno con peores pestes. Por un camino gris bajaba el pus desde las esquinas del absceso hasta la quijada.

- Perro feo…, dijo y le tiró un puñado de arena.

Este huyo con tan solo ver que le levantaban la mano. El montón de arena cayó en silencio sobre la superficie plana. Empezó a darse palmetazos pues por fin realizó que estaba cubierto de los mimes. Le picaban “hasta dentro del pelo.” Se adentró al mar hasta que tenia agua en el cuello. Pronto sumergió la cabeza y rápido la sacó. Se frotó los ojos. Frente a él, ahora a menor distancia, tenía la yola. El casco estaba pintado de un verde aclarado por el sol. “Me voy a montar.” Pensó ¿Por qué? “Porque estaba allí sola”. Porque no había nadie que lo vigilara. Porque había acabado de ver a alguien morar. Usó el cabo del ancla para auparse. Escrito en la proa estaba el nombre de la embarcación: “Cirimaco”. El piso era una asquerosidad: bolsas llenas de carnadas, anzuelos viejos, latas, botellas y aceite y agua estancada. El chico cayó dentro y la yola se meció bruscamente.

Caminó lentamente hacia el timón con el pensamiento ingenuo de que se volcaría. La consola tenía pocos controles: la palanca de gasolina, el encendido y el botón para encender la luz (pues solo tenía una de las dos que debía tener) de navegación. Siguió hacia atrás a donde el tanque de gasolina: “Tiene… ¿Prenderá?” Nunca había operado un bote. Aquella vez con Titito no contaba pues lo estaban ayudando. Tocó la llave. Estaba caliente. Sus manos sudaban. Cerró los ojos, la giró y el motor hizo un intento pero no se encendió. Lo intentó de nuevo. Pero ocurría lo mismo. Jugó con la palanca. Estaba hecha de plástico y chillaba cuando la movía bruscamente. Intentó de nuevo y esta vez el motor si encendió. Al pasar cinco segundo y ver que no se apagaba, el corazón del joven brincó al comprender que había prendido una yola ajena. Miró a la orilla. Nadie. Sintió una inyección de adrenalina. Cuando puso la mano sobre la palanca, sintió los pinchazos de electricidad correr desde su mano hasta los molleros. Arrancaría y se la llevaría a dar una vuelta. Con el mar plano, volaría como bestia imparable frente al pueblo. “¡¿Quién contra mí?!” pensó sonriendo. Sintió un aleteo en el estomago. No había policía en la mar y mucho menos en aquel desierto azul arecibeño. Nadie lo pararía. “Ni Miguel, ni Yaina, mami o papi”. Con ímpetu y una mueca dramática hundió la palanca hacia adelante. El motor lanzó un medio grito pero tan pronto adelantaron, la proa se hundió bajo la fuerza del frenazo. El chocar contra el timón le sacó el aliento. El motorcito seguía con su gritería y la yola giraba haciendo un círculo alrededor de un punto.

- ¡El ancla!, murmulló.

Corrió hacia la cornamusa y con maniobras garabateadas soltó el cabo. El navío siguió su camino arbitrario. El joven tomó el mando y se dirigió mar afuera. No corría tan rápido como esperaba. El casco pesaba mucho y en vez de cortar el agua, más bien la desplazaba. Pero no importaba. Acababa de haberse escapado con una yola. Sentía una mezcla de orgullo y poder bombear por su cuerpo. El pueblo estaba a su izquierda y él le pasaba por al frente exhibiendo el triunfo de su desobediencia. Un desfile militar. “¡Qué babilla!” Se felicitaba con golpazos al pecho. El incidente de ayer estaba lejos, atrás en la estela de agua. Yaina, su hermano y Miguel, en el fondo del rio turbio. Ahora era su turno para ser el rebelde. Era su llamado como joven. Una necesidad. Y ahora se daba la cura. Giró hacia la derecha, gritó y desapareció detrás del rompeolas. Arecibo continuó con su rutina mañanera.

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