Escisión
por: Jaíme Géliga Quiñones
Otro, otros momentos que hacen titiritar la demanda y ahuyentar la necesidad. Me tendí en la cama de día, ante la luz que refleja las miradas que devoran en Río Piedras. Me levante de noche y allí se quedó. La luna no colorea miradas que devoran, sino que traza sombras para devorar. Desde la sala la veía tendida, reí, terminé el cigarrillo, abroche la camisa y salí. Miradas a las sombras, cerveza que se desliza por la garganta y los cigarrillos hechos cenizas. Conversaciones infértiles, charlas de corte eterno y un solo diálogo. Vino antes el diálogo que la mirada, la destructora sonrisa del goce y la gris dinámica de la apariencia del falso antónimo del orden.
Nuestro diálogo se hacía complejo, pesado, en verdad, aparentaba. No tuvimos que hablar de limones o guanábanas, ni mucho menos nos tuvimos que encontrar una transeúnte de diversos rasgos para coincidir en una lectura fotográfica. Sin duda, ni yo era un viejo enamorado viendo el opaco enmarque de un vieja fotografía fabricada por una pasada compañera mientras compartía con alguien más, ni ella una joven en un parque, lo suficientemente drogada, para ver salirse unas manchas de colores fuera del encuadre. Encierra o traspasa. Me dijo: sexo. Contesté: a la izquierda.
Zigzagueamos hasta su apartamento, pasamos varias multitudes cotidianas de los jueves pero, llegamos. Me di cuenta rápido, que al anochecer también, la había dejado tendida sobre la cama. Se quitó su sombrero y soltó de su hombro uno de los elásticos que cruzan de la parte de atrás del mahón a la parte frontal. Desabrochó mi guayabera, pero no me dejó quitarme la falda.
El enmarque tendido nos quería devorar, destrozarnos, mutilarnos y retomar su centralidad. Comenzamos a ver todo difuminado, al menos yo. Lo que recuerdo es que me di cuenta al lamer la pequeña charca que su carne le moldea a su cuerpo por el área de la pelvis. Así mismo me desplacé a sus ovalados tobillos para dejar mi rastro de saliva.
Tomó mi cabeza y me subió paulatinamente hasta su rostro. Aproveché el recorrido tomando pistas de la transición, llegué a su rostro y ella jugó con el mío. Sus manos le piropearon a mi cintura, me recostó en el sillón y pegó mi cara a la peluda tela. Acarició con sus codos mis costillas mientras me arropaba con su cuerpo, y lo descansó sobre la parte izquierda de mi espalda. De momento se detuvo, fue al cuarto y viró, ya la cama ni lograba su presencia. Volvió acompañada de unos cordones violetas, creo que eran de mis zapatos, dos condones y un dildo turquesa y deseoso.
Yo seguía acostado, con mi cara sobre el sillón y mi espalda de espejo al techo. Ella tomó el cordón y junto sus extremidades, colocó el dildo en el pequeño columpio que se hacía y lo estranguló con un nudo. Se acostó a mi lado derecho de lado, mirándome. Alzo su pierna izquierda y me arropó con ella, su muslo usaba mis nalgas de almohada. Luego volvió alzar la pierna, presiento que me volvió a medir, le puso el condón al dildo luego de abrir su envoltura con la boca. Amarró el cordón a su muslo izquierdo y volvió a usar mis nalgas de almohada. Y ahora también las separó, al principio de manera lenta pero, brusca, luego parecía que toda su adrenalina y los años de práctica de su pelvis se concentraban en su muslo. La cama se rindió, no sé si al escuchar el credo del goce que se manifestaba. Tal vez se echó a dormir al confundir el ruido de la lluvia rebotando sobre las planchas de zinc de las escaleras con sus muslos rebotando sobre mis nalgas. Paró de llover, humedad y calor, ella sudaba y yo también, su sudor usaba de chorrera mis nalgas justo antes de que yo soltara un gemido y gritara: “llegó el aguacero pa’ este desierto”.
